Poema ''La belleza insulsa''
Contemplad, vedme suspirar por una mujer excelente; Esas telas turquesas parecen un hermoso lago.
Tengo que perderme en mi antropocentrismo. Déspota, egoísta, tacaño y antipático.
Falsa idea de la dulzura, que me amarga los días perdidos.
Me tienen que llamar cutre; no hay persona terriblemente mezquina, sino verme aquí, siendo nada más que yo, porque nadie, absolutamente nadie, tiene que parecerse a mí.
Antes de perderme en los lamentos -buenos, felices, pacíficos-, esta metamorfosis había sido aguda y punzante.
Si una mujer sonreía, yo iba a sus pies aturdido. No debe haber nadie más hermoso que una dama de caderas estrechas, piel canela, pelo fino que recorre sus curvas hacia el vientre, cabellos ondulados, manos de princesa y ojos de presa.
Pero puedo decir que no me sentía suficiente, quizá porque no tenía confianza en mí misma. Temía que mis celos causaran problemas a mi mujer, y mi posesividad era alarmante.
No era una persona cruel y vanidosa; es decir, no era perfecto, pero nunca sería un narcisista despiadado dispuesto a jugar con el alma y el andar de una persona.
Pero, sí, al final no amaba.
Una mujer hermosa, rica en inteligencia, con hermosas piernas y buenos labios para besar, fue mi límite y mi perdición.
Un intento perdido de poeta. Al final, tengo que preguntarme, a mi edad...
¿Qué buscaba cuando dejé de ser yo? Mejor dicho, ¿por qué me convertí en otra persona?
Antes era dulce, alegre, afable y un tierno cordero entre lobos que me despedazaban uno a uno, llevándose mi carne.
No debo llorar ante el fatídico recuerdo de aquellos días de incertidumbre. En mi venganza a manos de quien los posee, debo estar yo.
Buenos días a los bienaventurados, que, aunque hayan pecado, gozan, gozan y gozan bastante; buenas noches a los desgraciados, que deben guardarse de las tentaciones de pecar y, haciendo lo impensable, ocultar sus trastos.
Soy un eslabón perdido en su propio ser.
Adiós a todos los que creen en mi fidelidad, en que se puede confiar en alguien como yo, falso y frágil.
Porque no soy quien era en sus días.
He cambiado, he resurgido y ya no desfallezco.
Bueno, la metamorfosis: la vida apenas me ha hecho articular un Mea culpa; estoy perdido en el presente, mientras el pasado yace en la oscuridad.
He descendido; con la cabeza gacha, me disculpo y ruego por ayuda.
Sin más preámbulos, alarmantemente, voy a decirle a Dios: "Perdóname".


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